SER PADRE

Digamos que el día del padre es mañana, y aquí me hallaba rebuscando una foto para colgar mañana que finalmente ha sido hoy porque la imagen es ésta y el texto me sale en este momento.
Felicito a mi padre, como no, pero también me siento feliz de ser el padre del hijo que es. Porque él no es de nadie, no es objeto de posesión, igual que yo tampoco. Los padres tan solo cumplimos con el privilegio de dar el amor a la madre que lo trae al mundo. El «oficio» comienza en ese momento y no acaba hasta que partimos.

Quizá de todos los roles que me ha tocado desempeñar en esta vida éste ha sido el más sorprendente, intenso, amoroso, el aprendizaje más importante de mi vida, el que ha cambiado realmente mi destino, el que me ha devuelto el amor y el perdón a mi propio padre, que siempre es una forma de perdonarnos y de ajustar cuentas con la paternidad en su doble sentido.
Una vez pregunté que se sentía al ser padre, y me respondieron que en un segundo pasas de ser hijo a ser padre, nunca se me ha olvidado, y es verdad que en ese mismo instante tu mirada cambia, el foco se gira hacia él y ahí se queda dando toda la luz que eres capaz de alumbrar.

Ser padre no es más importante que no serlo, tan solo es una circunstancia que te marca y con la que adquieres una responsabilidad que, más que atenazarte, te pone en los brazos de la verdadera libertad, porque nunca eres tan libre como cuando conoces el amor verdadero.

Esto, pues, no tiene ningún mérito, ya que recibes más de lo que das. Por lo que, igual que en esta bonita foto recibo la mirada de un hijo, que hoy ya es un hombre, espero corresponder a mi padre con agradecimiento, atención, comprensión y cariño hasta el día de su muerte.

De los hijos pide cada vez menos y al final nada, y a tu padre, a los padres…, pues lo mismo.

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