
Niego y reniego de cualquier forma de censura, limitación, presión, coacción u opresión que constriña un pensamiento crítico, libre, responsable y personal.
Digo no, desde siempre, a cualquier forma de autoridad que no esté sostenida desde la admiración, el respeto, la inspiración y el ejemplo. A un discurso oficial que no esté respaldado por la verdad y sí por el soborno social y civil y por un chantaje emocional plausible.
Digo no a cualquier forma de revolución que no sea desde el amor, la responsabilidad y el servicio a los demás, que no sea vivir con alegría, expresarme con libertad y minimizar el consumo.
No renuncio a vivir con plenitud, a abrazar la vida, a buscar mi máximo potencial y todo aquello que me hace vibrar cada mañana. No despierto con una alarma, doy cuentas a nadie y dilapidó mi vida sirviendo intereses ajenos.
Me niego a oscurecer mi consciencia, a la cultura del esfuerzo y al trabajo, porque cuando estás alineado y en coherencia todo sucede de manera natural y desde un sitio donde te entregas sin forzar y lo integras en una forma particular de vivir.
Digo no, también, a cualquier estímulo externo destinado a llenar los depósitos de dopamina, saciar al ego e impedir la introspección, la indagación y un camino interior.
Por todo ello me han llamado negacionista, conspiranoico, antivacunas, rojo, facha, alternativo, tradicional, cuñao…, y algún piropo más que no recuerdo.
El marketing totalitario, y sé de qué hablo, “diseña” términos que señalan y marcan a las personas que salen del rebaño y cuestionan la versión oficial y única. Son conceptos perfectamente estudiados que, como un brazalete amarillo en el brazo, te señalan como peligro social y pretenden avergonzarte o aislarte del grupo, de la comunidad, de la tribu gregaria que da cobijo a todo ser humano. Y sólo desde una posición valiente, confiada y segura se puede sostener hasta que el tiempo pone cada cosa en su lugar.

